—Vas a ser trasladado a tu casa. ¿Quieres que te acompañe Bradomín?
Volfani siguió mudo. El Rey nos llamó aparte, y hablamos los tres en secreto. Lo primero, como cumplía a corazones cristianos y magnánimos, fué lamentar el disgusto de la pobre María Antonieta: Después fué augurarle la muerte del pobre Volfani: Lo último fué acordar de qué suerte había que trasladársele para evitar todo comento. La Duquesa advirtió que no podían llevarle criados de su casa, convínose en ello y al cabo de algunas dudas se acordó confiar el caso a Rafael el Rondeño. El César de la pata de palo, luego de enterarse, se acarició los tufos y dijo ceceando:
—¿Pero estamos seguros de que no es vino lo que tiene?
La Duquesa, poseída de justa indignación, le impuso silencio. El César, impasible, continuó acariciándose los tufos hasta que al fin se encaró con nosotros dando por resuelto el caso. Cargarían con el cuerpo del Conde Volfani dos sargentos que estaban alojados en los desvanes. Eran hombres de confianza, veteranos del Quinto de Navarra, y le llevarían a su casa como si viniesen de camino. Y terminó su discurso cn una palabra que,
como una caña de manzanilla, daba
todo el aroma de su antigua
vida de torero y jácaro:
¿Hace?