OS VOLVIMOS adonde habíamos dejado los caballos. El Rey no ocultaba su disgusto: Frecuentemente repetía, condolido y obstinado:
—¡Pobre Volfani! Era un corazón leal.
Durante algún tiempo sólo se escuchó el paso de las cabalgaduras. La luna, una luna clara de invierno, iluminaba la aridez nevada del Monte-Jurra. El viento avendavalado y frío, nos batía de frente. Don Carlos habló, y una ráfaga llevóse deshechas sus palabras. Apenas pude entender:
—¿Crees que morirá?...
Yo haciendo tornavoz con la mano grité:
—¡Lo temo, Señor!...
Y un eco repitió mis palabras, borrosas, informes. Don Carlos guardó silencio, y durante el camino no habló más. Descabalgamos al abrigo de los peñascales que había inmediatos a la casería, y entregando las riendas al soldado que nos acompañaba, caminamos a pie. En la puerta nos detuvimos un instante contemplando las nubes negras que el viento hacía desfilar sobre la luna. Don Carlos aun murmuró:
—¡Maldito tiempo! ¡Era un corazón leal!
Dirigió una última mirada al cielo torvo, que amenazaba ventisca, y entró. Traspuesto el umbral, percibimos rumor de voces que disputaban. Yo tranquilicé al Rey:
—No es nada, Señor: Están jugándose las futuras soldadas.