Don Carlos tuvo una sonrisa indulgente.

—¿Conoces quiénes son?

—Lo adivino, Señor. Todo el Cuartel Real.

Habíamos entrado en la sala donde estaba dispuesto el aposento del Rey. Un velón alumbraba sobre la mesa, la cama aparecía cubierta por rica piel de topo, y el brasero, colocado entre dos sillas de campaña, ardía con encenizados fulgores. Don Carlos, sentándose a descansar, me dijo con amable ironía:

—Bradomín, sabes que esta noche me han hablado con horror de ti... Dicen que tu amistad trae la desgracia... Me han suplicado que te aleje de mi persona.

Yo murmuré sonriendo:

—¿Ha sido una dama, Señor?

—Una dama que no te conoce... Pero cuenta que su abuela siempre te maldijo como al peor de los hombres.

Sentí una vaga aprensión:

—¿Quién era su abuela, Señor?