—Una princesa romañola.

Callé sobrecogido. Acababa de levantarse en mi alma, penetrándola con un frío mortal, el recuerdo más triste de mi vida. Salí de la estancia con el alma cubierta de luto. Aquel odio que una anciana transmitía a sus nietas, me recordaba el primero, el más grande amor de mi vida perdido para siempre en la fatalidad de mi destino. ¡Con cuánta tristeza recordé mis años juveniles en la tierra italiana, el tiempo en que servía en la Guardia Noble de Su Santidad! Fué entonces cuando en un amanecer de primavera donde temblaba la voz de las campanas y se sentía el perfume de las rosas recién abiertas, llegué a la vieja ciudad pontificia, y al palacio de una noble princesa que me recibió rodeada de sus hijas, como en Corte de Amor. Aquel recuerdo llenaba mi alma. Todo el pasado, tumultuoso y estéril, echaba sobre mí ahogándome, sus aguas amargas.

Buscando estar a solas salíme al huerto, y durante mucho tiempo paseé en la noche callada mi soledad y mis tristezas, bajo la luna, otras veces testigo de mis amores y de mis glorias. Oyendo el rumor de las hinchadas torrenteras que se despeñaban inundando los caminos, yo las comparaba con mi vida, unas veces rugiente de pasiones y otras cauce seco y abrasado. Como la luna no disipase mis negros pensamientos, comprendí que era forzoso buscar el olvido en otra parte, y suspirando resignado me junté con mis mundanos amigos del Cuartel Real. ¡Ay, triste es confesarlo, pero para las almas doloridas ofrece la blanca luna menos consuelos que un albur! Con el canto del gallo tocaron diana las cornetas, y hube de guardar mi ganancia volviendo a sumirme en cavilaciones sentimentales. A poco un ayudante vino a decirme que me llamaba el Rey. Le hallé en su cámara apurando a sorbos una taza de café, ya calzadas las espuelas y ceñido el sable:

—Bradomín, ahora soy contigo.

—A vuestras órdenes, Señor.

El Rey apuró el último sorbo, y dejando la taza me llevó al hueco de la ventana:

—¡Conque nos ha salido otro cura faccioso!... Hombre leal y valiente, según me dicen, pero fanático... El cura de Orio.

Yo interrogué:

—¿Un émulo de Santa Cruz?

—No... Un pobre viejo para quien no han pasado los años, y que hace la guerra como en tiempos de mi abuelo... Creo que intenta quemar por herejes a dos viajeros rusos, dos locos sin duda... Yo quiero que tú te avistes con él, para hacerle entender que son otros los tiempos: Aconséjale que vuelva a su iglesia y que entregue los prisioneros. Ya sabes que no quiero disgustar a Rusia.