—¿Y qué debo hacer si tiene la cabeza demasiado dura?

Don Carlos sonrió con majestad:

—Rompérsela.

Y se apartó para recibir un correo que llegaba.
Yo quedé en el mismo sitio, esperando
una última palabra. Don Carlos alzó un momento
los ojos del parte que leía y tuvo
para mí una de sus miradas afables,
nobles, serenas, tristes. Una
mirada de gran Rey.

ALÍ, Y UN MOMENTO después cabalgaba llevando por escolta diez lanzas, escogidas, de Borbón. No hicimos parada hasta San Pelayo de Ariza. Allí supe que una facción alfonsina había cortado el puente de Omellín: Pregunté si era hacedero pasar el río, y me dijeron que no: El vado con las crecidas estaba imposible, y la barca había sido quemada. Hacíase forzoso volver atrás y seguir el camino de los montes para cruzar el río por el puente de Arnáiz. Yo quería, ante todo, dar cumplimiento a la misión que llevaba, y no vacilé, aun cuando suponía llena de riesgos aquella ruta, cosa que con los mayores extremos confirmó el guía, un viejo aldeano con tres hijos mozos en los Ejércitos del Señor Rey Don Carlos.

Antes de emprender la jornada bajamos con los caballos a que bebiesen en el río, y al mirar tan cerca la otra orilla, sentí la tentación de arriesgarme. Consulté con mis hombres, y como unos se mostrasen resueltos mientras otros dudaban, puse fin a tales pláticas entrándome río adentro con mi caballo: El animal tembloroso sacudía las orejas: Ya nadaba con el agua a la cincha, cuando en la otra ribera asomó una vieja cargada de leña, y comenzó a gritarnos. Al pronto supuse que nos advertía lo peligroso del paso. A mitad de la corriente, entendí mejor sus voces.