—¡Tenéos, mis hijos! No paséis por el amor de Dios. Todo el camino está cubierto de negros alfonsistas...

Y echando al suelo el haz de leña, bajó hasta meterse con los zuecos en el agua, los brazos en alto como una sibila aldeana, clamorosa, desesperada y adusta:

—¡Dios Nuestro Señor quiere probarnos y saber ansí la fe que cada uno tiene en la su ánima, y la firme conciencia de los procederes!... ¡Cuentan y no acaban que han ganado una gran batalla! Abuín, Tafal, Endrás, Otáiz, todo es de los negros, mis hijos...

Me volví a mirar el talante que mostraba mi gente y halléme que retrocedía acobardada. En el mismo instante sonaron algunos tiros, y pude ver en el agua el círculo de las balas que caían cerca de mí. Apresuréme para ganar la otra orilla, y cuando ya mi caballo se erguía asentando los cascos en la arena, sentí en el brazo izquierdo el golpe de una bala y correr la sangre caliente por la mano adormecida. Mis jinetes, doblados sobre el arzón, ya trepaban al galope por una cuesta entre húmedos jarales. Con los caballos cubiertos de sudor entramos en la aldea. Hice llamar a un curandero que me puso el brazo entre cuatro cañas, y sin más descanso ni otra prevención, tomé con mis diez lanzas el camino de los montes. El guía, que caminaba a pie al diestro de mi caballo, no cesaba de augurar nuevos riesgos.

Los dolores que mi brazo herido me causaban eran tan grandes, que los soldados de la escolta viendo mis ojos encendidos por la fiebre, y mi rostro de cera, y mis barbas sombrías, que en pocas horas simulaban haber crecido como en algunos cadáveres, guardaban un silencio lleno de respeto. El dolor casi me nublaba los ojos, y como mi caballo corría abandonada sobre el borrén la rienda, al cruzar una aldea faltó poco para que atropellase a dos mujeres que caminaban juntas, enterrándose en los lodazales. Gritaron al apartarse, fijándome los ojos asustados: Una de aquellas mujeres me reconoció:

—¡Marqués!

Me volví con un gesto de dolorida indiferencia:

—¿Qué quiere usted, señora?

—¿No se acuerda usted de mí?

Y se acercó, descubriéndose un poco la cabeza que se tocaba con una mantilla de aldeana navarra. Yo vi un rostro arrugado y unos ojos negros, de mujer enérgica y buena. Quise recordar: