—¿Es usted?...
Y me detuve indeciso. Ella acudió en mi ayuda:
—¡Sor Simona, Marqués!... ¿Parece mentira que no se acuerde?
Yo repetí desvanecida la memoria:
—Sor Simona...
—¡Si me ha visto cien veces cuando estábamos en la frontera con el Rey! ¿Pero qué tiene? ¿Está herido?
Por toda respuesta le mostré mi mano lívida, con las uñas azulencas y frías. Ella la examinó un momento, y acabó exclamando con bondadoso ímpetu:
—Usted no puede seguir así, Marqués.
Yo murmuré:
—Es preciso que cumpla una orden del Rey.