—Aunque haya de cumplir cien órdenes. Tengo visto en esta guerra muchos heridos, y le digo que ese brazo no espera... Por lo tanto que espere el Rey.

Y tomó el diestro de mi caballo para hacerle torcer de camino. En aquella cara arrugada y morena, los ojos negros y ardientes de monja fundadora, estaban llenos de lágrimas: Volviéndose a los soldados, les dijo:

—Venid detrás, muchachos.

Hablaba con ese tono autoritario y enternecido, que yo había escuchado tantas veces a las viejas abuelas mayorazgas. Aun cuando el dolor me robaba toda energía, llevado de mis hábitos galantes hice un esfuerzo por apearme. Sor Simona se opuso con palabras que a la vez eran bruscas y amables. Obedecí, falto de toda voluntad, y entramos por una calle de huertos y casuchas bajas que humeaban en la paz del crepúsculo, esparciendo en el aire el olor de la pinocha quemada. Yo percibía como en un sueño las voces de algunos niños que jugaban, y los gritos furibundos de las madres. Las ramas de un sauce que vertía su copa fuera de
la tapia, me dieron en la cara. Inclinándome
en la silla pasé bajo
su sombra adversa.

OS DETUVIMOS ante una de esas hidalgas casonas aldeanas, con piedra de armas sobre la puerta y ancho zaguán donde se percibe el aroma del mosto, que parece pregonar la generosa voluntad. Estaba en una plaza donde crecía la yerba: En el ámbito desierto resonaba el martillo del herrador y el canto de una mujeruca que remendaba su refajo. Sor Simona me dijo, mientras me ayudaba a descabalgar:

—Aquí tenemos nuestro retiro, desde que los republicanos quemaron el convento de Abarzuza... ¡La furia que les entró cuando la muerte de su general!