Yo interrogué vagamente:
—¿Qué general?
—¡Don Manuel de la Concha!
Entonces recordé haber oído, no sabía cuándo ni dónde, que la nueva de aquel suceso, una monja con disfraz de aldeana, hubo de llevarla a Estella. La monja, por ganar tiempo, había caminado toda la noche a pie, en medio de una tormenta, y al llegar fué tomada por visionaria. Era Sor Simona. Al darse a conocer aun me lo recordó sonriendo:
—¡Ay, Marqués, creí que aquella noche me fusilaban!
Yo subía, apoyado en su hombro, la ancha escalera de piedra, y delante de nosotros subía la compañera de Sor Simona. Era casi una niña, con los ojos aterciopelados, muy amorosos y dulces. Se adelantó para llamar, y nos habrió la hermana portera:
—¡Deo gracias!
—¡A Dios sean dadas!
Sor Simona me dijo:
—Aquí tenemos nuestro hospital de sangre.