Yo distinguí en el fondo crepuscular de una sala blanca entarimada de nogal, un grupo de mujeres con tocas, sentadas en sillas bajas de enea, haciendo hilas y rasgando vendajes. Sor Simona ordenó:
—Dispongan una cama en la celda donde estuvo Don Antonio Dorregaray.
Dos monjas se levantaron y salieron: Una de ellas llevaba a la cintura un gran manojo de llaves. Sor Simona, ayudada por la niña que viniera acompañándola, comenzó a desatar el vendaje de mi brazo:
—Vamos a ver cómo está. ¿Quién le puso estas cañas?
—Un curandero de San Pelayo de Ariza.
—¡Válgame Dios! ¿Le dolerá mucho?
—¡Mucho!
Libre de las ligaduras que me oprimían el brazo, sentí un alivio, y me enderecé con súbita energía:
—Háganme una cura ligera, para que pueda continuar mi camino.
Sor Simona murmuró con gran reposo: