—¡Siéntese!... No hable locuras. Ya me dirá cuál es esa orden del Rey... Si fuese preciso, la llevaré yo misma.
Me senté, cediendo al tono de la monja:
—¿Qué pueblo es éste?
—Villareal de Navarra.
—¿Cuánto dista de Amelzu?
—Seis leguas.
Yo murmuré reprimiendo una queja:
—Las órdenes que llevo son para el Cura de Orio.
—¿Qué órdenes son?
—Que me entregue unos prisioneros. Es preciso que hoy mismo me aviste con él.