Sor Simona movió la cabeza:

—Ya le digo que no piense en tales locuras. Yo me encargo de arreglar eso. ¿Qué prisioneros son los que ha de entregarle?

—Dos extranjeros a quienes ha ofrecido quemar por herejes.

La monja rió celebrándolo:

—¡Qué cosas tiene ese bendito!

Yo, reprimiendo una queja, también me reí. Un momento mis ojos encontraron los ojos de la niña, que asustados y compasivos, se alzaban de mi brazo amarillento donde se veía el cárdeno agujero de la bala. Sor Simona le advirtió en voz baja:

—Maximina, que pongas sábanas de hilo en la cama del Señor Marqués.

Salió presurosa: Sor Simona me dijo:

—Estaba viendo que rompía a llorar. ¡Es una criatura buena como los ángeles!

Yo sentí el alma llena de ternura por aquella niña de los ojos aterciopelados, compasivos y tristes. La memoria acalenturada, comenzó a repetir unas palabras con terca insistencia: