—¡Es feucha! ¡Es feucha! ¡Es feucha!...

Me acosté con ayuda de un soldado y una vieja criada de las monjas. Sor Simona llegó a poco, y, sentándose a mi cabecera, comenzó:

—He mandado un aviso al alcalde, para que aloje a la gente que usted trae. El médico viene ahora, está terminando la visita en la sala de Santiago.

Yo asentí con apagada sonrisa. Poco después, oíamos en el corredor una voz cascada y familiar, hablando con las monjas que respondían melifluas. Sor Simona murmuró:

—Ya está ahí.

Todavía pasó algún tiempo hasta que el médico asomó en la puerta, tatareando un zorcico: Era un viejo jovial, de mejillas bermejas y ojos habladores, de una malicia ingenua: Deteniéndose en el umbral, exclamó:

—¿Qué hago? ¿Me quito la boina?

Yo murmuré débilmente:

—No, señor.

—Pues no me la quito. Aun cuando quien debiera autorizarlo era la Madre Superiora... Veamos qué tiene el valiente caporal.