Sor Simona murmuró con severa cortesía de señora antigua:
—Este caporal es el Marqués de Bradomín.
Los ojos alegres del viejo, me miraron con atención:
—De oídas le conocía mucho.
Calló inclinándose para examinarme la mano, y comenzando a desatar el vendaje, se volvió un momento:
—¿Sor Simona, quiere hacerme el favor de aproximar la luz?
La monja acudió. El médico me descubrió el brazo hasta el hombro, y deslizó sus dedos oprimiéndolo: Sorprendido levantó la cabeza:
—¿No duele?
Yo respondí con voz apagada:
—¡Algo!