—¡Pues grite! Precisamente hago el reconocimiento para saber dónde duele.

Volvió a empezar deteniéndose mucho, y mirándome a la cara: Bordeando el agujero de la bala me hincó más fuerte los dedos:

—¿Duele aquí?

—Mucho.

Oprimió más, y sintióse un crujido de huesos. Por la cara del médico pasó como una sombra y murmuró dirigiéndose a la monja, que alumbraba inmóvil:

—Están fracturados el cúbito y el radio, y con fractura conminuta.

Sor Simona, asintió con los ojos. El médico bajó la manga cuidadosamente, y mirándome cara a cara, me dijo:

—Ya he visto que es usted un hombre valiente.

Sonreí con tristeza, y hubo un momento de silencio. Sor Simona dejó la luz sobre la mesa y tornó al borde de la cama. Yo veía en la sombra las dos figuras atentas y graves. Comprendiendo la razón de aquel silencio, les hablé:

—¿Será preciso amputar el brazo?