Alejóse con leve andar, y vino el médico a mi cabecera: Un poco receloso le dije:
—¿Ha cortado usted muchos brazos, Doctor?
Sonrió, afirmando con la cabeza:
—Algunos, algunos.
Entraban dos monjas, y se apartó para ayudarlas a disponer sobre una mesa hilas y vendajes. Yo seguía con los ojos aquellos preparativos, y experimentaba un goce amargo y cruel, dominando el femenil sentimiento de compasión que nacía en mí ante la propia desgracia. El orgullo, mi gran virtud, me sostenía. No exhalé una queja ni cuando me rajaron la carne, ni cuando serraron el hueso, ni cuando cosieron el muñón. Puesto el último vendaje, Sor Simona murmuró con un fuego simpático en los ojos:
—¡No he visto nunca tanto ánimo!
Y los acólitos que habían asistido al sacrificio, prorrumpieron también en exclamaciones:
—¡Qué valor!
—¡Cuánta entereza!
—¡Y nos pasmábamos del General!