Yo sospeché que me felicitaban, y les dije con voz débil:

—¡Gracias, hijos míos!

Y el médico que se lavaba la sangre de las manos, les advirtió jovial:

—Dejadle que descanse...

Cerré los ojos para ocultar dos lágrimas
que acudían a ellos, y sin abrirlos advertí
que la estancia quedaba a oscuras. Después
unos pasos tenues vagaron en
torno mío, y no sé si mi pensamiento
se desvaneció en un
sueño o en un desmayo.