La niña sollozó:

—¡No hable usted así, por Dios! ¡Me da mucha pena!

La voz un poco aniñada se ungía con el mismo encanto que los ojos, mientras en la penumbra de la alcoba quedaba indeciso el rostro menudo, pálido, con ojeras. Yo murmuré débilmente, enterrada la cabeza en las almohadas:

—Háblame, hija mía.

Ella repuso ingenua y casi riente, como si pasase por sus palabras una ráfaga de alegría infantil:

—¿Por qué quiere usted que le hable?

—Porque el oirte me hace bien. Tienes la voz balsámica.

La niña quedóse un momento pensativa y luego repitió, como si buscase en mis palabras un sentido oculto:

—¡La voz balsámica!

Y recogida en su silla de enea, a la cabecera de mi lecho, permaneció silenciosa, pasando lentamente las cuentas del rosario. Yo la veía al través de los párpados flojos, hundido en el socavón de las almohadas que parecían contagiarme la fiebre, caldeadas, quemantes. Poco a poco volvieron a cercarme las nieblas del sueño, un sueño ingrávido y flotante, lleno de agujeros, de una geometría diabólica. Abrí los ojos de pronto, y la niña me dijo: