—Ahora se fué la Madre Superiora. Me ha reñido, porque dice que le fatigo a usted con mi charla, de manera que va usted a estarse muy callado.

Hablaba sonriendo, y en su cara triste y ojerosa, era la sonrisa como el reflejo del sol en las flores humildes, cubiertas de rocío. Recogida en su silla de enea, me fijaba los ojos llenos de sueños tristes. Yo al verla sentía penetrada el alma de una suave ternura, ingenua como amor de abuelo que quiere dar calor a sus viejos días consolando las penas de una niña y oyendo sus cuentos. Por oir su voz, le dije:

—¿Cómo te llamas?

—Maximina.

—Es un nombre muy bonito.

Me miró poniéndose encendida, y repuso risueña y sincera:

—¡Será lo único bonito que tenga!

—Tienes también muy bonitos los ojos.

—Los ojos podrá ser... ¡Pero soy toda yo tan poca cosa!...

—¡Ay!... Adivino que vales mucho.