Me interrumpió muy apurada:

—No, señor, ni siquiera soy buena.

Tendí hacia ella mi única mano:

—La niña más buena que he conocido.

—¡Niña!... Una mujer enana, Señor Marqués. ¿Cuántos años cree usted que tengo?

Y puesta en pie, cruzaba los brazos ante mí, burlándose ella misma de ser tan pequeña. Yo le dije con amable zumba:

—¡Acaso tengas veinte años!

Me miró muy alegre:

—¡Cómo se burla usted de mí!... Aún no tengo quince años, Señor Marqués... ¡Si creí que iba usted a decir doce!... ¡Ay, que le estoy haciendo hablar y no me prohibió otra cosa la Madre Superiora!

Sentóse muy apurada y se llevó un dedo a los labios al tiempo que sus ojos demandaban perdón. Yo insistí en hacerla hablar: