—¿Hace mucho que eres novicia?
Ella, sonriente, volvió a indicar el silencio: Después murmuró:
—No soy novicia: Soy educanda.
Y sentada en la silla de enea quedó abstraída.
Yo callaba, sintiendo sobre mí el encanto
de aquellos ojos poblados por los
sueños. ¡Ojos de niña, sueños de
mujer! ¡Luces de alma en pena
en mi noche de viejo!
AS TROPAS leales cruzaban la calle batiendo marcha. Se oía el bramido fanático del pueblo que acudía a verlas. Unos gritaban: