—¡Tú mi pobre pequeña!
Callé, porque la emoción embargaba mi voz, una emoción triste y grata al mismo tiempo: Yo adivinaba que aquellos ojos aterciopelados y tristes serían ya los últimos que me mirasen con amor. Era mi emoción como la del moribundo que contempla los encendidos oros de la tarde y sabe que aquella tarde tan bella es la última. La novicia levantando hacia mí sus ojos, murmuró:
—No se fije en que soy tan pequeña, Señor Marqués.
Yo le dije sonriendo:
—¡A mí me pareces muy grande, hija mía!... Me imagino que tus ojos se abren allá en el cielo.
Ella me miró risueña, al mismo tiempo que con una graciosa seriedad de abuela repetía:
—¡Qué cosas!... ¡Qué cosas dice este señor!
Yo callé contemplando aquella cabeza llena de un encanto infantil y triste. Ella, después de un momento me interrogó con la adorable timidez que hacía florecer las rosas en sus mejillas:
—¿Por qué me ha dicho si me atrevería a correr un peligro?...
Yo sonreí: