—No fué eso lo que te dije, hija mía. Te dije si te atreverías a correrlo por mí.

La novicia calló, y vi temblar sus labios que se tornaron blancos. Al cabo de un momento murmuró sin atreverse a mirarme, inmóvil en su silla de enea, con las manos en cruz:

—¿No es usted mi prójimo?

Yo suspiré:

—Calla, por favor, hija mía.

Y me cubrí los ojos con la mano, en una actitud trágica. Así permanecí mucho tiempo esperando que la niña me interrogase, pero como la niña permanecía muda, me decidí a ser el primero en romper aquel largo silencio:

—Qué daño me han hecho tus palabras: Son crueles como el deber.

La niña murmuró:

—El deber es dulce.

—El deber que nace del corazón, pero no el que nace de una doctrina.