Los ojos aterciopelados y tristes me miraron serios:

—No entiendo sus palabras, señor.

Y después de un momento, levantándose para mullir mis almohadas, murmuró apenada de ver mi ceño adusto:

—¿Qué peligro era ese, Señor Marqués?

Yo la miré todavía severo:

—Era un vago hablar, Hermana Maximina.

—¿Y por qué deseaba ver a la Madre Superiora?

—Para recordarle un ofrecimiento que me hizo y del cual se ha olvidado.

Los ojos de la niña me miraron risueños:

—Yo sé cuál es: Que se viese con el Cura de Orio. ¿Pero quién le ha dicho que se ha olvidado? Entró aquí para despedirse de usted, y como dormía no quiso despertarle.