La novicia calló para correr a la ventana. De nuevo volvían a resonar en la calle los gritos con que el pueblo saludaba a las tropas leales:

—¡Viva Dios! ¡Viva el Rey!

La novicia tomó asiento en uno de los poyos que flanqueaban la ventana, aquella ventana angosta, de vidrios pequeños y verdeantes, única que tenía la estancia. Yo le dije:

—¿Por qué te vas tan lejos, hija mía?

—Desde aquí también le oigo.

Y me enviaba la piadosa tristeza de sus ojos sentada al borde de la ventana desde donde se atalayaba un camino entre álamos secos, y un fondo de montes sombríos, manchados de nieve. Como en los siglos mediovales y religiosos llegaban desde la calle
las voces del pueblo: ¡Viva Dios!
¡Viva el Rey!