XALTABA la fiebre mis pensamientos. Dormía breves instantes, y despertábame con sobresalto, sintiendo aferrada y dolorida en un término remoto, la mano del brazo cercenado. Fué para mí todo el día de un afán angustioso. Sor Simona entró al anochecer, saludándome con aquella voz grave y entera que tenía como levadura de las rancias virtudes castellanas:

—¿Qué tal van esos ánimos, Marqués?

—Decaídos, Sor Simona.

La monja sacudió bravamente el agua que mojaba su mantilla de aldeana:

—¡Vaya que me ha costado trabajo convencer a ese bendito Cura de Orio!...

Yo murmuré débilmente:

—¿Le ha visto?

—De allá vengo... Cinco horas de camino, y una hora de sermón hasta que me cansé y le hablé fuerte... Tentaciones tuve de arañarle la cara y hacer de Infanta Carlota. ¡Dios me lo perdone!... No sé ni lo que hablo. El pobre hombre no había pensado nunca en quemar a los prisioneros, pero quería retenerlos para ver si los convertía. En fin, ya están aquí.