Volvióse lentamente, como una niña enferma a quien ya no alegran los juegos:
—¿Qué mandaba usted, Señor Marqués?
En sus ojos de terciopelo parecía haber quedado toda la tristeza del paisaje. Yo le dije:
—Hermana Maximina, se abren las heridas de mi alma, y necesito alguno de tus bálsamos. ¿Cuál quieres darme?
—El que usted quiera.
—Quiero el de tus ojos.
Y se los besé paternalmente. Ella batió muchas veces los párpados y quedó seria, contemplando sus manos delicadas y frágiles de mártir infantil. Yo sentía que una profunda ternura me llenaba el alma con voluptuosidad nunca gustada. Era como si un perfume de lágrimas se vertiese en el curso de las horas felices. Volví a murmurar:
—Hermana Maximina...
Y ella, sin alzar la cabeza respondió con la voz vaga y dolorosa:
—Diga, Señor Marqués.