—Digo que eres avara de tus tesoros. ¿Por qué no me miras? ¿Por qué no me hablas? ¿Por qué no me sonríes, Hermana Maximina?
Levantó los ojos tristes y lánguidos como suspiros:
—Estaba pensando que llevaba usted muchas horas de pie. ¿No le hará a usted daño?
Yo tomé sus dos manos y la atraje hacia mí:
—No me hará daño si me haces el don de tus bálsamos.
Por primera vez la besé en los labios: Estaban helados. Olvidé el tono sentimental y con el fuego de los años juveniles le dije:
—¿Serías capaz de quererme?
Ella se estremeció sin responderme. Yo volví a repetir:
—¿Serías capaz de quererme, con tu alma de niña?
—Sí... ¡Le quiero! ¡Le quiero!