ULSARON con los artejos. Volví la cabeza, y en el umbral de la puerta descubrí a Sor Simona. No había reconocido la voz, tal era su mudanza. La monja, clavándome los ojos autoritarios, me dijo:
—Señor Marqués, vengo a comunicarle una grata noticia.
Hizo una pausa, con ánimo de dar más importancia a sus palabras, y sin adelantar un paso, inmóvil en la puerta, prosiguió:
—El médico le ha dado de alta, y puede usted ponerse en camino sin peligro alguno.
Sorprendido miré a la monja queriendo adivinar sus pensamientos, pero aquel rostro permaneció impenetrable, envuelto en la sombra de las tocas. Lentamente, superando el tono altanero con que la monja me había hablado, le dije: