—¿Cuándo debo partir, Reverenda Madre?

—Cuando usted quiera.

Sor Simona mostró intención de alejarse y con un gesto la detuve:

—Escuche usted, Señora Reverenda.

—¿Qué se le ofrece?

—Deseo decirle adios a la niña que me acompañó en estos días tan tristes.

—Esa niña está enferma.

—¿Y no puedo verla?

—No: Las celdas son clausura.

Ya había traspuesto el umbral, cuando volviendo resuelta sobre sus pasos entró de nuevo en la estancia y cerró la puerta. Con la voz vibrante de cólera y embargada de pena, me dijo: