—Ha cometido usted la mayor de sus infamias enamorando a esa niña.

Confieso que aquella acusación sólo despertó en mi alma un remordimiento dulce y sentimental:

—¡Sor Simona, imagina usted que con los cabellos blancos y un brazo de menos aún se puede enamorar!

La monja me clavó los ojos, que bajo los párpados llenos de arrugas fulguraban apasionados y violentos:

—A una niña que es un ángel, sí. Comprendiendo que por su buen talle ya no puede hacer conquistas, finge usted una melancolía varonil que mueve a lástima el corazón! ¡Pobre hija, me lo ha confesado todo!

Yo repetí, inclinando la cabeza:

—¡Pobre hija!

Sor Simona retrocedió dando un grito:

—¡Lo sabía usted!

Sentí estupor y zozobra. Una nube pesada y negra envolvió mi alma, y una voz sin eco y sin acento, la voz desconocida del presagio, habló dentro sonámbula. Sentí terror de mis pecados como si estuviese próximo a morir. Los años pasados me parecieron llenos de sombras, como cisternas de aguas muertas. La voz de la corazonada repetía implacable dentro de mí aquellas palabras ya otra vez recordadas con terca insistencia. La monja juntando las manos clamó con horror: