—¡Qué vida tan agitada has llevado durante estos dos años!... ¡Tienes casi todo el pelo blanco!...
—¡Ay! Concha, son las penas.
—No, no son las penas. Otras cosas son... Tus penas no pueden igualarse a las mías, y yo no tengo el pelo blanco...
Me incorporé para mirarla. Quité el alfilerón de oro que sujetaba el nudo de los cabellos, y la onda sedosa y negra rodó sobre sus hombros:
—Ahora tu frente brilla como un astro bajo la crencha de ébano. Eres blanca y pálida como la luna. ¿Te acuerdas cuando quería que me disciplinases con la madeja de tu pelo?... Concha, cúbreme ahora con él.
Amorosa y complaciente, echó sobre mí el velo oloroso de su cabellera. Yo respiré con la faz sumergida como en una fuente santa, y mi alma se llenó de delicia y de recuerdos florecidos. El corazón de Concha latía con violencia, y mis manos trémulas desabrocharon su túnica, y mis labios besaron sobre la carne, ungidos de amor como de un bálsamo:
—¡Mi vida!
—¡Mi vida!
Concha cerró un momento los ojos, y poniéndose en pie, comenzó a recogerse la madeja de sus cabellos: