—¡Vete!... ¡Vete por Dios!...

Yo sonreí mirándola:

—¿Adonde quieres que me vaya?

—¡Vete!... Las emociones me matan, y necesito descansar. Te escribí que vinieses, porque ya entre nosotros no puede haber más que un cariño ideal... Tú comprenderás que enferma como estoy, no es posible otra cosa. Morir en pecado mortal... ¡Que horror!

Y más pálida que nunca cruzó los brazos, apoyando las manos sobre los hombros en una actitud resignada y noble que le era habitual. Yo me dirigí a la puerta:

—¡Adios, Concha!

Ella suspiró:

—¡Adios!

—¿Quieres llamar a Candelaria para que me guíe por esos corredores?

—¡Ah!... ¡Es verdad que aún no sabes!...