Fué al tocador y golpeó en el "tan-tan". Esperamos silenciosos sin que nadie acudiese. Concha me miró indecisa:
—Es problable que Candelaria ya esté acostada...
—En ese caso...
Me vió sonreir, y movió la cabeza seria y triste.
—En ese caso, yo te guiaré.
—Tú no debes exponerte al frío.
—Sí, sí...
Tomó uno de los candelabros del tocador, y salió presurosa, arrastrando la luenga cola de su ropón monacal. Desde la puerta volvió la cabeza llamándome con los ojos, y toda blanca como un fantasma, desapareció en la oscuridad del corredor. Salí tras ella, y la alcancé:
—¡Qué loca estás!
Rióse en silencio y tomó mi brazo para apoyarse. En la cruz de dos corredores abríase una antesala redonda, grande y desmantelada, con cuadros de santos y arcones antiguos. En un testero arrojaba cerco mortecino de luz, la mariposa de aceite que alumbraba los pies lívidos y atarazados de Jesús Nazareno. Nos detuvimos al ver la sombra de una mujer arrebujada en el hueco del balcón. Tenía las manos cruzadas en el regazo, y la cabeza dormida sobre el pecho. Era Candelaria que al ruido de nuestros pasos despertó sobresaltada: