—¡Ah!... Yo esperaba aquí, para enseñarle su habitación al Señor Marqués.
Concha le dijo:
—Creí que te habías acostado, mujer.
Seguimos en silencio hasta la puerta entornada de una sala donde había luz. Concha soltó mi brazo y se detuvo temblando y muy pálida: Al fin entró. Aquella era mi habitación. Sobre una consola antigua ardían las bujías de dos candelabros de plata. En el fondo, veíase la cama entre antiguas colgaduras de damasco. Los ojos de Concha lo examinaron todo con maternal cuidado. Se detuvo para oler las rosas frescas que había en un vaso, y después se despidió:
—¡Adios, hasta mañana!
Yo la levanté en brazos como a una niña:
—No te dejo ir.
—¡Sí, por Dios!
—No, no.
Y mis ojos reían sobre sus ojos, y mi boca reía sobre su boca. Las babuchas turcas cayeron de sus pies, sin dejarla posar en el suelo, la llevé hasta la cama, donde la deposité amorosamente. Ella entonces ya se sometía feliz. Sus ojos brillaban, y sobre la piel blanca de las mejillas se pintaban dos hojas de rosa. Apartó mis manos dulcemente, y un poco confusa empezó a desabrocharse la túnica blanca y monacal, que se deslizó a lo largo del cuerpo pálido y estremecido.
Abrí las sábanas y refugióse entre ellas. Entonces
comenzó a sollozar, y me senté a
la cabecera consolándola. Aparentó
dormirse, y me acosté.