Sorprendido y violento me incorporé en las almohadas. Recordaba la otra celada que me había tendido aquel fraile, y juzgué sus palabras un nuevo engaño: Con orgulloso menosprecio se lo dije, y le señalé la puerta. Quiso replicar, pero yo sin responder una sola palabra, repetí el mismo gesto imperioso. Salió amenazador y brusco, barboteando amenazas. El rumor se extendió por toda la casa, y las dos señoras se
asomaron a la puerta, cándidamente
asustadas.
ORMÍ TODA la noche con un sueño reparador y feliz. Las campanas de una iglesia vecina me despertaron a la madrugada, y algún tiempo después las dos señoras que me atendían, asomaron a la puerta de mi alcoba tocadas con sus mantillas y el rosario arrollado a la muñeca. La voz, el ademán y el vestido eran iguales en las dos: Me saludaron con esa unción un poco rancia de las señoras devotas: Las dos sonreían con una sonrisa pueril y meliflua que parecía extenderse en la sombra mística de las mantillas sujetas al peinado con grandes alfilerones de azabache. Yo murmuré:
—¿Van ustedes a misa?
—No, que venimos.