—¿Qué se cuenta por Estella?

—¡Qué quiere que se cuente!...

Las dos voces sonaban acordadas como en una letanía, y la media luz de la alcoba parecía aumentar su dejo monjil. Yo me decidí a interrogar sin rebozo:

—¿Saben cómo sigue el Conde de Volfani?

Se miraron y creo que el rubor tiñó sus rostros marchitos. Hubo una laguna de silencio, y la hija salió de mi alcoba obediente a un gesto de la vieja, que desde hacía cuarenta años velaba por aquella pudibunda inocencia. En la puerta se volvió con esa sonrisa candorosa y rancia de las solteronas intactas:

—Me alegro de la mejoría, Señor Marqués.

Y con pulcro y recatado andar desapareció en la sombra del corredor. Yo, aparentando indiferencia, seguí la plática con la otra señora:

—Volfani es como un hermano para mí. El mismo día que salimos sufrió un accidente y no he vuelto a saber nada...

La señora suspiró:

—¡Sí!... Pues no ha recobrado el conocimiento. A mí quien me da mucha pena es la Condesita: Cinco días con cinco noches pasó a la cabecera de su marido cuando le trajeron... ¡Y ahora dicen que le cuida y le sirve como una Santa Isabel!