Confieso que me llenó de asombro y de tristeza el amor casi póstumo que mostraba por su marido María Antonieta. ¡Cuántas veces en aquellos días contemplando mi brazo cercenado y dándome a soñar, había creído que la sangre de mi herida y el llanto de sus ojos caían sobre nuestro amor de pecado y lo purificaban! Yo había sentido el ideal consuelo de que su amor de mujer se trasmudaba en un amor franciscano, exaltado y místico. Con celoso palpitar, murmuré:
—¿Y no ha mejorado el Conde?
—Mejorado sí, pero quedóse como un niño: Le visten, le sientan en un sillón y allí se pasa el día: Dicen que no conoce a nadie.
La señora, al tiempo de hablar, despojábase de la mantilla, y la doblaba cuidadosamente para clavar luego en ella los alfilerones: Viéndome silencioso juzgó que debía despedirse:
—Hasta luego, Señor Marqués: Si desea alguna cosa no tiene más que llamar.
Al salir se detuvo en la puerta, prestando atención a un rumor de pasos que se acercaba. Miró hacia afuera, y enterada me habló:
—Le dejo en buena compañía. Aquí tiene a Fray Ambrosio.
Sorprendido me incorporé en las almohadas. El exclaustrado entró barboteando:
—No debía volver a pisar esta casa, después de la manera como fuí afrentado por el ilustre prócer... Pero cuando se trata de un amigo todo lo perdona este indigno Fray Ambrosio.
Yo le alargué la mano: