—No hablemos de ello. Ya conozco la conversión de nuestra Condesa Volfani.
—¿Y qué dice ahora? ¿Comprende que este pobre fraile no merecía ayer sus arrogancias marquesiles?... Yo sólo era un emisario, un humildísimo emisario.
Fray Ambrosio me oprimía la mano hasta hacerme crujir los huesos. Yo volví a repetir:
—No hablemos de ello.
—Sí que hemos de hablar. ¿Dudará todavía que tiene en mí un amigo?
El momento era solemne y lo aproveché para libertar mi mano y llevarla al corazón:
—¡Jamás!
El fraile se irguió:
—He visto a la Condesa.
—¿Y qué dice nuestra Santa?