—Dice que está dispuesta a verle una sola vez para decirle adios.
En vez de alegría sentí como si una sombra
de tristeza cubriese mi alma, al conocer
la resolución de María Antonieta. ¿Era acaso
el dolor de presentarme ante sus
bellos ojos despoetizado, con un
brazo de menos?
POYADO en el brazo del fraile dejé mi hospedaje para ir a la Casa del Rey. Un sol pálido abría jirones en las nubes plomizas, y comenzaba a derretir la nieve que desde algunos días marcaba su blanca estela al abrigo de los paredones sombríos. Yo caminaba silencioso: Con romántica tristeza evocaba la historia de mis amores, y gustaba el perfume mortuorio de aquel adios que iba a darme María Antonieta. El fraile me había dicho que por un escrúpulo de santa no quería verme en su casa, y que esperaba encontrarme en la Casa del Rey. Yo, por otro escrúpulo, había declarado suspirando que si acudía adonde ella estaba, no era por verla sino por presentar mis respetos a la Señora. Al entrar en la saleta temí que a los ojos me acudiese el llanto: Recordaba aquel día, cuando al besar la mano alba y real de azules venas, sentí con ansias de paladín el deseo de consagrar mi vida a la Señora. Por primera vez gusté ante mi fea manquedad, un orgulloso y altivo consuelo: El consuelo de haber vertido mi sangre por aquella princesa pálida y santa como una princesa de leyenda, que rodeada de sus damas bordaba escapularios para los soldados de la Causa. Al entrar yo, algunas damas se pusieron en pie, cual solían cuando entraban los eclesiásticos de respeto. La Señora me dijo:
—He tenido noticia de tu desgracia, y no sabes cuánto he rezado por ti. ¡Dios ha querido que salvases la vida!...