Me incliné profundamente:

—Dios no ha querido concederme el morir por vos.

Las damas se limpiaron los ojos, emocionadas de oirme: Yo sonreí tristemente, considerando que aquella era la actitud que a lo adelante debía adoptar con las mujeres para hacer poética mi manquedad. La Reina me dijo con noble entereza:

—Los hombres como tú no necesitan de los brazos, les basta con el corazón.

—¡Gracias, Señora!

Hubo breves momentos de silencio, y un señor obispo que estaba presente, murmuró en voz baja:

—Dios Nuestro Señor ha permitido que conservase la mano derecha, que es la de la pluma y la de la espada.

Las palabras del prelado, movieron un murmullo de admiración entre las damas. Me volví, y mis ojos tropezaron con los ojos de María Antonieta. Un vapor de lágrimas los abrillantaba. La saludé con leve sonrisa, y ella permaneció seria, mirándome fijamente. El prelado se acercó pastoral y benévolo:

—¿Habrá sufrido mucho nuestro querido Marqués?

Respondí con un gesto, y Su Ilustrísima entornó los párpados con grave pesadumbre: