—¡Válgame Dios!

Las damas suspiraron: Sólo permaneció muda y serena Doña Margarita: Su corazón de princesa le decía que para mi altivez era lo mismo compadecerme que humillarme. El prelado continuó:

—Ahora que forzosamente ha de tener algún descanso, debía escribir un libro de su vida.

La Reina me dijo sonriendo:

—Bradomín, serían muy interesantes tus memorias.

Y gruñó la Marquesa de Tor:

—Lo más interesante no lo diría.

Yo repuse inclinándome:

—Diría sólo mis pecados.

La Marquesa de Tor, mi tía y señora, volvió a gruñir, pero no entendí sus palabras. Y continuó el prelado en tono de sermón: