A MARQUESA DE TOR, con el gesto familiar y desabrido que solían adoptar para hablarme todas mis viejas y devotas tías, me llamó al hueco de un balcón: Me acerqué reacio porque nada halagüeño presagiaba. Sus primeras palabras confirmaron mis temores:

—No esperaba verte aquí... Ya te estás marchando.

Yo murmuré sentimental:

—Quisiera obedecerte, pero el corazón me lo impide.

—No soy yo quien te lo manda, sino esa pobre criatura.

Y con la mirada me mostró a María Antonieta. Yo suspiré cubriéndome los ojos con la mano:

—¿Y esa pobre criatura puede negarse a decirme adios, cuando es por toda la vida?

Mi noble tía dudó: Bajo sus arrugas y su gesto adusto conservaba el candor sentimental de todas las viejas que fueron damiselas en el año treinta:

—¡Xavier, no intentes separarla de su marido!... ¡Xavier, tú mejor que nadie debes comprender su sacrificio! ¡Ella quiere ser fiel a esa sombra detenida por un milagro delante de la muerte!...