La anciana señora me decía esto emocionada y dramática, con mi mano entre las suyas amojamadas. Yo repuse en voz baja, temeroso de que la emoción me anudase la garganta:
—¿Qué mal puede haber en que nos digamos adios? ¡Si ha sido ella quien lo quiso!...
—Porque tú lo exigiste, y la pobre no tuvo valor para negártelo. María Antonieta desea vivir siempre en tu corazón: Quiere renunciar a ti, pero no a tu cariño. Yo como tengo muchos años conozco el mundo, y sé que pretende una locura. Xavier, si no eres capaz de respetar su sacrificio, no intentes hacerlo más cruel.
La Marquesa de Tor se enjugó una lágrima. Yo murmuré con melancólico resentimiento:
—¡Temes que no sepa respetar su sacrificio! Eres injusta conmigo, bien que en eso no haces más que seguir las tradiciones de la familia. ¡Cómo me apena esa idea que todos tenéis de mí! ¡Dios que lee en los corazones!...
Mi tía y señora recobró el tono autoritario:
—¡Calla!... Eres el más admirable de los Don Juanes: Feo, católico y sentimental.
Era tan vieja la buena señora, que había olvidado las veleidades del corazón femenino, y que cuando se tiene un brazo de menos y la cabeza llena de canas, es preciso renunciar al donjuanismo. ¡Ay, yo sabía que los ojos aterciopelados y tristes que se habían abierto para mí como dos florecillas franciscanas en una luz de amanecer, serían los últimos que me mirasen con amor! Ya sólo me estaba bien enfrente de las mujeres la actitud de un ídolo roto, indiferente y frío. Presintiéndolo por primera vez, con una sonrisa triste le mostré a la anciana señora la manga vacía de mi uniforme: De pronto, emocionado por el recuerdo de la niña recluída en el viejo caserón aldeano, tuve que mentir un poco, hablando de María Antonieta:
—María Antonieta es la única mujer que todavía me quiere: Solamente su amor me queda en el mundo: Resignado a no verla y lleno de desengaños, estaba pensando en hacerme fraile, cuando supe que deseaba decirme adios por última vez...
—¿Y si yo te suplicase ahora que te fueses?