—Xavier, es preciso que nos digamos adios. ¡Tú no sabes cuánto he sufrido desde aquella noche en que nos separamos!

Yo interrumpo con una vaga sonrisa sentimental:

—¿Recuerdas que fué con la promesa de querernos siempre?

Ella a su vez me interrumpe:

—¡Tú vienes a exigirme que abandone a un pobre ser enfermo, y eso jamás, jamás, jamás! Sería en mí una infamia.

—Son las infamias que impone el amor, pero desgraciadamente ya soy viejo para que ninguna mujer las cometa por mí.

—Xavier, es preciso que me sacrifique.

—Hay sacrificios tardíos, María Antonieta.

—¡Eres cruel!

—¡Cruel!