—Tú quieres decirme que el sacrificio debió ser para no faltar a mis deberes.

—Acaso hubiera sido mejor, pero al culparte a ti me culpo a mí también. Ninguno de los dos supo sacrificarse, porque esa ciencia sólo se aprende con los años, cuando se hiela el corazón.

—¡Xavier, es la última vez que nos vemos, y qué recuerdo tan amargo me dejarán tus palabras!

—¿Tú crees que es la última vez? Yo creo que no. Si accediese a tu ruego volverías a llamarme, mi pobre María Antonieta.

—¡Por qué me lo dices! Y si yo fuese tan cobarde que volviera a llamarte, tú no vendrías. Este amor nuestro es imposible ya.

—Yo vendría siempre.

María Antonieta levanta al cielo sus ojos, que las lágrimas hacen más bellos, y murmura como si rezase:

—¡Dios mío, y acaso llegará un día en que mi voluntad desfallezca, en que mi cruz me canse!

Yo me acerco hasta beber su aliento, y le cojo las manos:

—Ya llegó.