—¡Nunca! ¡Nunca!...
Intenta libertar sus manos pero no lo consigue. Yo murmuré casi a su oído:
—¿Qué dudas? Ya llegó.
—¡Vete, Xavier! ¡Déjame!
—¡Cuánto me haces sufrir con tus escrúpulos, mi pobre María Antonieta!
—¡Vete! ¡Vete!... No me digas nada... No quiero oirte.
Yo le beso las manos:
—¡Divinos escrúpulos de santa!
—¡Calla!
Con los ojos espantados se aleja de mí. Hay un largo silencio. María Antonieta se pasa las manos por la frente y respira con ansia. Poco a poco se tranquiliza: En sus ojos hay una resolución desesperada cuando me dice: