—¡Qué cruel es la vida cuando no caminamos por ella como niños ciegos!

—¡Cuánto me desprecias!... Es mi penitencia.

—Despreciarte, no. Tú fuiste como todas las mujeres, ni mejor ni peor. Ahora acabas en santa. ¡Adios, mi pobre María Antonieta!

María Antonieta solloza, y desgarra con los dientes el pañolito de encajes: Se ha dejado caer en el sofá: Yo, en pie, permanezco ante ella. Hay un silencio lleno de suspiros. María Antonieta se enjuga los ojos, me mira y sonríe tristemente:

—Xavier, si todas las mujeres son como tú me juzgas, yo tal vez no haya sido como ellas ¡Compadéceme, no me guardes rencor!

—No es rencor lo que siento, es la melancolía del desengaño: Una melancolía como si la nieve del invierno cayese sobre mi alma, y mi alma, semejante a un campo yermo, se amortajase con ella.

—Tú tendrás el amor de otras mujeres.

—Temo que reparen demasiado en mis cabellos blancos y en mi brazo cercenado.

—¡Qué importa tu brazo de menos! ¡Qué importan tus cabellos blancos!... Yo los buscaría para quererlos más. ¡Xavier, adios por toda la vida!...

—¿Quién sabe lo que guarda la vida? ¡Adios, mi pobre María Antonieta!