—Estaba soñando contigo.

—¡Pues ya me tienes aquí!

—¿Y cómo estás?

—¡Ya estoy buena!

—¡Gran médico es amor!

—¡Ay! No abusemos de la medicina.

Reíamos con alegre risa el uno en brazos
del otro, juntas las bocas y echadas las cabezas
sobre la misma almohada. Concha tenía
la palidez delicada y enferma de una Dolorosa,
y era tan bella, así demacrada y consumida,
que mis ojos, mis labios y mis manos
hallaban todo su deleite en aquello mismo que
me entristecía. Yo confieso que no recordaba
haberla amado nunca en lo
pasado, tan locamente como
aquella noche.