O HABIA llevado conmigo ningún criado, y Concha, que tenía esas burlas de las princesas en las historias picarescas, puso un paje a mi servicio para honrarme mejor, como decía riéndose. Era un niño recogido en el Palacio. Aún le veo asomar en la puerta y quitarse la montera, preguntando respetuoso y humilde:

—¿Dá su licencia?

—Adelante.

Entró con la frente baja y la monterilla de paño blanco colgada de las dos manos:

—Dice la señorita, mi ama, que me mande en cuanto se le ofrezca.

—¿En dónde queda?